L'espace de le Petit.

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Friday, September 15, 2006

Hasta siempre, Oriana Fallaci


Ha muerto, en su querida Florencia, Oriana Fallaci, quizá el último paradigma del periodismo moral y comprometido. Murió de cáncer, un cáncer que la carcomía desde hace ya muchos años y contra el que luchó como nadie, pero también un cáncer que ella finalmente decidió dejar de enfrentar para poder decir lo que ella consideraba su verdad. En Oriana Fallaci entrevista a Oriana Fallaci, su último libro, publicado en 2004, la escritora y periodista italiana reconoce que en algún momento tuvo que decidir entre escribir “La rabia y el orgullo”, su polémico libro post 11 de setiembre, y ser operada de los tumores que le habían renacido en la garganta. Y eligió lo primero, con todo el coraje del que es capaz un periodista. Cuando se publicó el libro y terminó el proceso, fue a Milán y el doctor le dijo: “No, ya no se puede”. Por eso ella ya sabía que iba a morir, no le temía a la muerte, pero si tenía unas ganas de vivir “porque es bello vivir aunque la vida sea fea”, como escribió en su última entrega de la trilogía sobre el Islam, el terrorismo, la guerra, Irak, Bush, Italia y el mundo que se nos viene y, claro, el “cáncer que corroe nuestro mundo como corroe mi cuerpo en estos momentos”.

Oriana Fallaci significó mucho para mí como estudiante de periodismo. Lei vorazmente su libro de 500 páginas de entrevistas a líderes importantes del mundo: Kissinger, quien ha dicho que fue la entrevista más horrorosa que dio en su vida –por lo que la Fallaci le hizo decir-, Arafat, el Sha, el emperador de Etiopía, Willy Brandt, el ayatollah Komeini, Sammy Davies Jr, Mohamed Ali, William Colby, no hay personaje importante que no haya desfilado por la pasarela de su pluma, por la aguda descripción de sus palabras, por sus preguntas mordaces, ni ella misma en su Oriana entrevista a Oriana. Se le puede criticar de muchas cosas, de extremista al final de sus días, por ejemplo, pero qué importa. Nos ha entregado joyas del periodismo-literatura, como Nada y así sea, quizá el libro que mejor plasme lo que sucedió en Vietnam, desde ambas trincheras, metiéndose en el pellejo de los soldados americanos, pero también en el de los vietcongs. O el libro sobre su pareja, Alekos Panagoulis, Un hombre, donde relata la trágica historia de este poeta rebelde en Grecia, sus cinco años de prisión y de cómo fue asesinado.

Oriana Fallaci se ha ido y con ella se ha ido un pedazo de la conciencia moral de todo el mundo, hayamos estado de acuerdo o no con sus telúricas ideas. Una leyenda del periodismo ha partido, y sobre todo una mujer valiente, con un corazón gigante. Si Panagoulis viviera sin duda escribiría un libro titulado “Una mujer” como Oriana hizo con él cuando este murió. El mundo le rinde honores, sus detractores incluso deben estar admirándola en secreto y sus enemigos, en estos últimos momentos de su vida, todo el mundo islámico, deben respirar tranquilos pues la espada que era su pluma está descansando en paz. Nos quedan sin embargo sus libros, para releerlos cuantas veces sea necesarios.

En La fuerza la razón, Fallaci escribió: Como hacía de joven, cuando la ortiga invadía mi país, cuando la hiedra lo sofocaba. Y ningún juglar que me grita ahora en las plazas, ningún lansquenete que pisotea mi foto en la tele, ninguna orca cruel que me golpea con el yelmo en la cabeza y se ríe de mi enfermedad conseguirá nunca impedírmelo. Ninguna manifestación de bribones que caminan con carteles en los que han escrito Oriana, puta o Fallaci, belicista conseguirá jamás intimidarme y hacerme callar. Ningún hijo de Alá que invita a castigar-a-la-perra-infiel conseguirá jamás amedrentarme o cansarme. Jamás. Aunque esté en el atardecer de mi vida y ya no tenga la energía física de la juventud. Porque es un atardecer que espero vivir y beber hasta la última gota.

Y lo hizo.